
Xabier Azkargorta, el técnico conocido por la frase “Se juega como se vive”, falleció a los 72 años en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, después de una vida entera dedicada al fútbol y a las ideas. Nacido el 26 de septiembre de 1953 en Azpeitia, en el País Vasco español, fue un caso poco común en el balompié: licenciado en Medicina y Cirugía, pensaba el deporte desde la ciencia, la psicología y la pedagogía.
Su carrera como jugador fue breve, truncada por una lesión de rodilla, pero ese golpe lo empujó definitivamente hacia los banquillos. Allí apareció el “Bigotón” que sorprendió a todos en la década de los ochenta cuando, con apenas 29 años, llegó a la Primera División como entrenador del Espanyol y se convirtió en uno de los técnicos más jóvenes de la máxima categoría. Luego pasaría por Valladolid, Sevilla y Tenerife, siempre con un discurso pausado, estructurado y alejado del grito fácil que dominaba la vieja escuela.
Su nombre, sin embargo, quedó grabado para siempre en Bolivia. A comienzos de los noventa aceptó el reto de dirigir a una selección que nunca había clasificado por eliminatorias a un Mundial y que cargaba con años de frustraciones deportivas. Azkargorta cambió hábitos, métodos y mentalidad: profesionalizó entrenamientos, insistió en la preparación física y psicológica, defendió la fortaleza de jugar en la altura y convenció a un grupo de futbolistas de que era posible mirar de frente a las potencias del continente.
El resultado fue histórico: Bolivia logró la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994, incluida una victoria inolvidable sobre Brasil en La Paz, y el técnico vasco se transformó en un símbolo nacional. A partir de entonces su figura se asoció a uno de los capítulos más luminosos del fútbol boliviano, y su imagen, con el bigote inconfundible, quedó ligada a aquella generación que llevó al país a la cita mundialista.
Después del Mundial, Azkargorta amplió su recorrido internacional: dirigió también a la selección de Chile, trabajó en Japón con el Yokohama Marinos, pasó por el fútbol mexicano con Chivas y asumió cargos de dirección y asesoría en distintos proyectos deportivos, incluidos regresos a Bolivia para conducir clubes como Bolívar, Oriente Petrolero y Sport Boys.
Más allá de los resultados, dejó como legado una manera distinta de entender la profesión: el entrenador como formador, como gestor de grupos humanos y como figura capaz de tender puentes entre culturas. Su muerte en Bolivia, la tierra que lo adoptó como uno de los suyos, cierra la historia de un pionero que se adelantó a su tiempo y confirmó, en vida y en obra, su propia frase: que el fútbol, efectivamente, se juega como se vive.