
Un familiar directo de Fidel y Raúl Castro ha comenzado a ganar visibilidad como posible figura clave en la futura conducción política de Cuba, a medida que el país se acerca al final del mandato del presidente Miguel Díaz-Canel en 2028. El movimiento se produce en un contexto de reformas institucionales y reacomodos internos dentro del poder. Oscar Pérez-Oliva Fraga, actual vicepresidente del Consejo de Ministros, fue designado recientemente como diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular, un paso formal que lo habilita para ser considerado en la elección presidencial según el sistema político cubano, donde el jefe de Estado es escogido por el Parlamento entre sus miembros.
Pérez-Oliva Fraga, de 54 años, es bisnieto de la familia Castro y ha experimentado un ascenso acelerado dentro de la estructura gubernamental. En menos de dos años pasó de ocupar cargos vinculados al comercio exterior a convertirse en una de las figuras más jóvenes en alcanzar una vicepresidencia del gobierno. Su trayectoria ha estado estrechamente ligada a sectores estratégicos de la economía cubana, en particular a áreas relacionadas con inversión extranjera y gestión empresarial estatal. Este perfil técnico-político le ha permitido consolidar influencia en espacios clave del aparato económico.
Uno de los elementos centrales de su proyección es su relación con el conglomerado empresarial administrado por las Fuerzas Armadas, que concentra una parte significativa de la actividad económica del país. Este entramado ha sido históricamente determinante en la toma de decisiones estratégicas en Cuba. El escenario actual está marcado por una reciente reforma constitucional que eliminó el límite de edad para acceder por primera vez a la presidencia, ampliando el abanico de posibles candidatos y reconfigurando el proceso de sucesión política dentro del sistema.
Además de Pérez-Oliva Fraga, otros nombres continúan circulando en los círculos de poder, entre ellos altos dirigentes del Partido Comunista y figuras con trayectoria en el gobierno y vínculos con el sector militar, lo que anticipa una disputa interna compleja y controlada. Aún sin definiciones formales, los movimientos recientes sugieren que la sucesión en Cuba ha entrado en una fase temprana pero significativa. Más que un cambio abrupto, el proceso parece orientarse hacia una continuidad estructurada, donde los equilibrios históricos y las nuevas generaciones del poder comienzan a entrelazarse.



