
En el deporte profesional, el liderazgo no se proclama: se ejerce. Y se sostiene con hechos recientes, no con logros del pasado. En la NBA actual, donde el margen competitivo es mínimo, la figura del veterano pierde peso cuando deja de marcar diferencias reales dentro y fuera de la cancha. El respeto en un vestuario no es automático ni permanente; depende de la capacidad de influir en el presente.
LeBron James es, sin discusión, una de las figuras más grandes en la historia del baloncesto. Sin embargo, a esta altura de su carrera, su rol ya no parece ser el de líder disciplinario ni referente interno. Su prioridad es evidente: cuidar su cuerpo, mantenerse saludable y prolongar su carrera. Eso es comprensible, pero también tiene consecuencias.
Un jugador que ya no gana ni impone desde el rendimiento difícilmente puede sostener autoridad moral en un vestuario lleno de estrellas jóvenes. En este contexto aparece Luka Dončić, un talento extraordinario que, al mismo tiempo, invita a una reflexión más profunda. El argumento de que un jugador no puede ser exigido en defensa porque produce cuarenta puntos en ataque es, como mínimo, incompleto. El baloncesto sigue siendo un deporte de dos lados de la cancha, y el profesionalismo no debería ser selectivo.
De poco sirve una producción ofensiva brillante si, del otro lado, el equipo concede aún más puntos. La defensa no es un detalle menor ni una tarea secundaria: es una expresión directa de compromiso. Cuando el jugador franquicia no responde en ese aspecto, el mensaje que se transmite al resto del equipo es peligroso: que las responsabilidades se vuelven negociables según el estatus. El problema no es la falta de voces duras desde el banquillo, sino la normalización de estrellas incompletas.
Ningún sistema puede sostenerse si su principal referente no asume el equilibrio entre ataque y defensa. La cultura ganadora no se construye con excepciones, sino con estándares claros y compartidos. Quienes hemos competido en el deporte profesional sabemos que los partidos no se ganan únicamente con grandes ataques. Se ganan, sobre todo, con defensas bien estructuradas, con disciplina táctica y con compromiso colectivo.
Esta no es una opinión ni una nostalgia del pasado: es una constante que se repite en todas las épocas y en todos los niveles. El ataque puede decidir una noche, pero la defensa sostiene una temporada. Y cuando un equipo acepta el desequilibrio —cuando normaliza que una estrella solo rinda en un costado de la cancha— el precio siempre llega.
Porque el baloncesto, como cualquier deporte de alto nivel, premia el esfuerzo completo y castiga las concesiones. Esta ha sido la regla ayer, lo es hoy y lo seguirá siendo mañana. Cambian las estrellas, cambian los estilos, pero no cambia la verdad fundamental: sin defensa no hay títulos, y sin compromiso no hay liderazgo real.
Por:
Williams Valverde



