
En Dallas el aire huele a ansiedad. El equipo no gana nada importante desde hace más de una década y, en lugar de construir una identidad, parece obsesionado con mover piezas. En ese tablero, Klay Thompson es tratado como ficha de cambio: un campeón que vuelve de dos lesiones brutales y que hoy libra una batalla más psicológica que física.
El cuerpo se repara con bisturí y gimnasio; la confianza, no. Si los Mavericks olvidan la lealtad, perderán algo más que un tirador: perderán el alma competitiva que necesitan para mayo y junio. En la otra esquina está Kyrie Irving, prodigio técnico capaz de romper tobillos y geometrías, pero sin sostener la grandeza cuando el reloj arde. Aquí va, claro y sin adornos, como Yo lo digo: Kyrie es, hoy, un “jugador de medio pelo” para los momentos finales.
Tiene la mitad del talento que deslumbra y la mitad del compromiso que se exige para cerrar series. Boston lo vivió, Brooklyn lo padeció y Dallas lo sufre: no basta con driblar poesía si en el último minuto faltan liderazgo, calma y responsabilidad emocional.
Los Mavericks están atrapados entre un campeón que intenta renacer y una estrella que no termina de madurar, mientras la dirigencia calcula con frialdad hojas de Excel. El baloncesto no se gana solo con métricas: se gana con carácter, memoria y paciencia.
Si Dallas quiere volver a ser grande, que banque a Klay hasta que recupere su fe, y que mida a Kyrie no por highlights, sino por su capacidad de no desaparecer cuando la temporada se decide. Porque sin alma —y sin respeto por quienes la dieron todo— ningún proyecto levanta un trofeo.
Autor:
Williams Valverde.



