
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, instó públicamente al presidente venezolano Nicolás Maduro a que abandone el poder, afirmando que hacerlo sería “lo más sensato” para el mandatario sudamericano. Según Trump, la decisión depende exclusivamente de Maduro, pero subrayó que Washington considera inaceptable la continuidad de lo que define como un régimen vinculado a actividades ilegales. Desde la administración estadounidense,
las acusaciones han ido acompañadas de acciones concretas. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, declaró que Estados Unidos no solo está interceptando embarcaciones sospechosas frente a la costa venezolana, sino que también está enviando un mensaje claro a la comunidad internacional: las actividades atribuidas al gobierno de Maduro “no serán toleradas” y el mandatario debe marcharse.
Desde septiembre, Estados Unidos ha intensificado las operaciones contra barcos presuntamente vinculados al narcotráfico en aguas cercanas a Venezuela. Trump acusa a Maduro de controlar y proteger redes de tráfico de drogas, a las que, según Washington, utiliza de forma deliberada contra Estados Unidos. Entre las acusaciones más graves figura la supuesta dirección del llamado Cartel de los Soles, una red de narcotráfico que, según la Casa Blanca, opera desde las más altas esferas del poder venezolano.
Como parte de esta estrategia de presión, Estados Unidos ha desplegado buques de guerra en el Caribe, incluyendo el mayor portaaviones del mundo, y mantiene activa una recompensa internacional por la captura de Maduro. Las operaciones marítimas han tenido consecuencias mortales: al menos 104 personas han fallecido en los ataques contra embarcaciones sospechosas, y familiares de las víctimas, junto con autoridades regionales, denuncian que entre los muertos se encuentran pescadores civiles.
Desde Caracas, la respuesta ha sido contundente. Maduro calificó las acciones estadounidenses como un “uso unilateral de la fuerza”, advirtiendo que tolerar prácticas como la ejecución de civiles, la piratería o el saqueo de recursos de Estados soberanos podría conducir al mundo hacia una confrontación global de consecuencias impredecibles. El mandatario venezolano sostiene que detrás de la ofensiva existe un plan directo para derrocar su gobierno. Las declaraciones desde Washington han elevado aún más la tensión.
La jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, afirmó que Trump busca “volar barcos hasta que Maduro capitule”, una frase que ha generado fuertes reacciones diplomáticas. En este contexto, el Consejo de Seguridad de la ONU celebrará una reunión de emergencia para abordar la escalada entre Estados Unidos y Venezuela, convocada por el gobierno de Caracas con el respaldo de Rusia y China.
Desde Moscú, el Kremlin ya expresó su apoyo total a Venezuela, señalando su preocupación por la intensificación de las acciones estadounidenses en el Caribe. Según las autoridades rusas, estas medidas podrían tener graves consecuencias para la estabilidad regional y poner en riesgo el transporte marítimo internacional. Rusia también confirmó que mantendrá una estrecha cooperación bilateral con Venezuela frente a lo que considera una amenaza externa.
La situación marca uno de los momentos más delicados en las relaciones entre Washington y Caracas en años recientes. Con acusaciones cruzadas, despliegues militares y un debate inminente en Naciones Unidas, el conflicto se perfila como un nuevo foco de tensión internacional, con implicaciones que van más allá de la región caribeña.