En una monarquía marcada durante décadas por linajes, títulos y privilegios heredados, resulta llamativo que la figura más popular de la familia real británica sea precisamente alguien que nació fuera de ese mundo. La princesa de Gales, Kate Middleton, se ha convertido en la integrante mejor valorada de la realeza, superando incluso a su esposo, el príncipe William, heredero al trono. Según el último ranking del instituto de investigación de opinión YouGov, más de dos tercios de la población británica, un 68 %, tiene una imagen positiva de Kate, quien celebra su 44º cumpleaños el 9 de enero.

Su popularidad no solo la sitúa en lo más alto de la lista, sino que además marca una clara diferencia frente a otros miembros destacados de la Casa Real. El príncipe William, de 43 años, queda por detrás de su esposa con un 62 % de valoración positiva. Le sigue la princesa Ana, de 75 años, con un 59 %, mientras que el rey Carlos III apenas supera la mitad de apoyo popular, con un 54 %. En el extremo opuesto se encuentra el príncipe Andrés, desacreditado por diversos escándalos, que solo conserva la aprobación del 13 % de la población.

La relevancia de Kate no se limita a las encuestas. Su creciente peso dentro de la monarquía se refleja también en gestos simbólicos. Durante la visita de Estado del presidente estadounidense Donald Trump en septiembre, fue Kate —y no la reina Camilla— quien ocupó el asiento a la derecha del invitado de honor, una señal clara de su protagonismo institucional. Pero, ¿qué explica este éxito sostenido? Más allá de su imagen deportiva, su elegancia y su afinado sentido de la moda, los expertos coinciden en que la clave está en su origen y en su manera de relacionarse con el público.

Craig Prescott, especialista en derecho constitucional y experto en la monarquía británica de la Royal Holloway University de Londres, sostiene que su procedencia de clase media es uno de sus mayores activos. Kate, nacida como Catherine Middleton, no llegó a la realeza por sangre, sino por elección y adaptación. Esa condición le ha permitido mantener una cercanía poco habitual en una institución históricamente distante. Prescott recuerda su visita a un memorial improvisado en Clapham Common tras el secuestro y asesinato de Sarah Everard en 2021, un crimen que conmocionó al país. En aquella ocasión, Kate habló abiertamente de sus propios temores al caminar sola de noche por Londres.

Según Prescott, declaraciones como esa introducen “un elemento de normalidad” en una institución que para muchos resulta lejana, rígida y difícil de comprender. Kate logra humanizar la monarquía sin desafiarla. Su imagen contrasta además con la de Meghan Markle, esposa del príncipe Harry, quien tras abandonar la familia real se ha convertido en una figura mucho más divisiva en el Reino Unido. Según YouGov, solo una cuarta parte de la población británica mantiene una opinión positiva de Meghan, una cifra muy inferior a la de Kate. El sentido del deber, la discreción y su compromiso constante con causas benéficas han reforzado la percepción de Kate como un pilar estable de la monarquía. Esa imagen se vio aún más fortalecida cuando, a comienzos de 2024, fue sometida a una cirugía abdominal que la mantuvo hospitalizada durante casi dos semanas.

Poco después, mientras aún se recuperaba, la princesa de Gales recibió un diagnóstico de cáncer. Inició un tratamiento de quimioterapia que posteriormente completó con éxito. Aunque nunca se hizo público el tipo de cáncer, Kate optó por una comunicación inusualmente abierta para los estándares reales. En varios mensajes de vídeo, habló de su enfermedad y de su impacto emocional. “Los últimos nueve meses han sido increíblemente duros para nuestra familia”, afirmó al anunciar el final de su tratamiento, subrayando que la vida puede cambiar “en un solo instante”.

Esa vulnerabilidad reforzó aún más el vínculo emocional con el público. De cara al futuro, Prescott considera probable que Kate desempeñe un papel mucho más relevante que anteriores consortes reales. Si William y Catherine llegan a convertirse en rey y reina, podría darse una monarquía percibida casi como compartida, al menos desde el punto de vista de la opinión pública.

Ese liderazgo simbólico ya se manifiesta en iniciativas propias, como su concierto anual de Navidad en la Abadía de Westminster, dedicado a los voluntarios. El evento ha ganado tanta visibilidad que compite incluso con el tradicional discurso navideño del rey, consolidando a Kate no solo como la figura más popular de la realeza, sino también como una de las más influyentes de la institución.

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