En septiembre de 2025, la Casa Blanca dio un giro decisivo en la carrera por el litio al tomar una participación del 5 % en Lithium Americas y otro 5 % en su empresa conjunta con General Motors en el proyecto Thacker Pass, en Nevada. El paquete incluye la activación de un préstamo federal por 2.260 millones de dólares, con un primer desembolso de 435 millones para acelerar la construcción y entrada en producción de la mina. 

El mensaje político es claro: Washington ya no quiere limitarse a regular o financiar desde la distancia, sino convertirse en accionista directo de infraestructuras críticas para la economía digital y la transición energética. La reacción en los mercados fue inmediata, con las acciones de Lithium Americas disparándose y el proyecto colocándose en el centro del nuevo mapa industrial de Estados Unidos. Una vez que esté en línea, Thacker Pass está llamado a convertirse en la mayor fuente de litio del hemisferio occidental, capaz de suministrar material para cientos de miles de baterías de vehículos eléctricos al año.

Para la cadena tecnológica, esto significa mucho más que una mina nueva: es un intento de reordenar la dependencia global de China en la refinación y el suministro de minerales críticos. El movimiento se suma a inversiones previas del gobierno en compañías como Intel o MP Materials, dibujando una estrategia que conecta semiconductores, tierras raras y baterías en un mismo eje de “seguridad tecnológica nacional”. GM, por su parte, refuerza su apuesta por el vehículo eléctrico asegurando acceso prioritario al litio de Thacker Pass durante años, algo clave para competir en un mercado dominado por fabricantes asiáticos.

El impacto va más allá de esta única empresa. La combinación de capital público, participación accionaria del Estado y acuerdos con gigantes industriales vuelve a poner en el foco a otros proyectos de litio en Estados Unidos, especialmente a los exploradores que operan en Nevada y estados vecinos. Al mismo tiempo, se abren debates sobre riesgos ambientales, tensiones con comunidades locales y la posibilidad de que una apuesta tan concentrada termine expuesta a la volatilidad de precios del litio.

 Para el sector tecnológico, el movimiento marca un punto de inflexión: el suministro de materiales para baterías deja de ser un tema “de fondo” y pasa a ocupar el centro de la discusión sobre soberanía digital, movilidad eléctrica y futuro energético de Estados Unidos.