El presidente Donald Trump ordenó al Pentágono preparar el regreso de las catapultas de vapor para futuros portaaviones estadounidenses, cuestionando directamente una de las principales innovaciones incorporadas a la nueva generación de la flota. La decisión afecta especialmente los planes para el futuro USS Doris Miller, actualmente en construcción para la Marina de Estados Unidos. El gobierno considera que los sistemas electromagnéticos utilizados en la clase Gerald R. Ford resultan excesivamente complejos y costosos. El debate enfrenta ahora dos filosofías diferentes sobre cuál tecnología resulta realmente más conveniente cuando un portaaviones entra en combate.

Los portaaviones necesitan catapultas porque un avión moderno completamente cargado de combustible y armamento requiere alcanzar rápidamente suficiente velocidad para que sus alas produzcan sustentación. En una base terrestre existe una pista extensa donde el caza puede acelerar utilizando sus propios motores, pero la cubierta de un portaaviones ofrece una distancia considerablemente menor. La catapulta proporciona entonces una enorme aceleración durante apenas unos segundos y permite que el avión abandone la cubierta con seguridad. De esta manera, parte de la energía necesaria para despegar procede del propio barco y no exclusivamente de los motores del avión.

Durante décadas la Marina estadounidense utilizó catapultas de vapor, una tecnología desarrollada ampliamente durante la era posterior a la Segunda Guerra Mundial y perfeccionada durante generaciones de portaaviones. El sistema aprovecha vapor producido por el barco para mover rápidamente un mecanismo conectado al tren delantero del avión y lanzarlo desde la cubierta. Miles de operaciones realizadas durante diferentes conflictos demostraron que la tecnología podía funcionar bajo condiciones extremadamente exigentes.

Su principal ventaja siempre fue disponer de décadas de experiencia operacional, mantenimiento conocido y procedimientos ampliamente dominados por las tripulaciones. La clase Gerald R. Ford cambió esa filosofía mediante la introducción del Electromagnetic Aircraft Launch System, conocido como EMALS. En lugar de utilizar grandes cantidades de vapor, el nuevo mecanismo emplea energía electromagnética para acelerar progresivamente la aeronave a lo largo de la cubierta. En teoría permite controlar el lanzamiento con mayor precisión y adaptar la potencia a aeronaves de diferentes tamaños y pesos. También fue concebido para reducir determinados esfuerzos estructurales sobre los aviones y preparar los portaaviones para una futura generación que incluirá un número creciente de aeronaves no tripuladas.

Trump ha criticado durante años esta tecnología y sostiene que su sofisticación puede convertirse en una desventaja cuando aparecen problemas lejos de una base naval. Su argumento fundamental es que un sistema militar no solamente debe funcionar correctamente, sino que también debe poder repararse rápidamente cuando se encuentra en medio de una operación. Desde esa perspectiva, una tecnología conocida y mecánicamente más sencilla puede ofrecer determinadas ventajas frente a otra dependiente de numerosos componentes electrónicos. Para el presidente, la experiencia acumulada durante décadas con el vapor continúa teniendo un enorme valor militar.

Sin embargo, regresar al sistema anterior tampoco representa una operación sencilla ni económica. Los nuevos portaaviones fueron diseñados desde el comienzo alrededor de sistemas eléctricos diferentes a los utilizados por generaciones anteriores de barcos. Modificar un buque que ya se encuentra en construcción puede exigir cambios importantes en ingeniería, distribución interna, generación de energía y numerosos componentes relacionados con las operaciones aéreas. Parte del equipo electromagnético destinado al USS Doris Miller ya se encuentra además en producción.

Dar marcha atrás podría significar nuevos costos y retrasos para un programa naval que ya representa una inversión extraordinariamente elevada. Los defensores de EMALS argumentan también que los problemas iniciales deben analizarse considerando que se trata de una tecnología completamente nueva que continúa acumulando experiencia operacional. El USS Gerald R. Ford ya ha realizado decenas de miles de lanzamientos utilizando el sistema electromagnético, proporcionando a la Marina información imposible de obtener durante las primeras etapas de desarrollo. Cada operación permite mejorar procedimientos, mantenimiento y conocimiento técnico entre las tripulaciones.

Abandonar ahora el sistema podría significar renunciar a parte de la inversión realizada durante años para llevar esa tecnología hasta su nivel actual. El debate resulta todavía más interesante porque otras potencias navales observan precisamente los sistemas electromagnéticos como parte del futuro de la aviación embarcada. China ha desarrollado su propia tecnología de lanzamiento electromagnético para nuevos portaaviones, mientras otras naciones estudian soluciones semejantes para futuras generaciones de buques. Estados Unidos podría encontrarse entonces regresando parcialmente a una tecnología anterior mientras algunos competidores avanzan hacia sistemas que Washington ayudó a desarrollar primero.

Pero en cuestiones militares, disponer de la tecnología más moderna no garantiza automáticamente disponer de la solución más efectiva durante una guerra. La discusión también plantea una pregunta más amplia sobre el futuro de los propios aviones navales. Aeronaves como el F-35B han demostrado que es posible combinar características de los helicópteros con las de un caza mediante despegues cortos y aterrizajes verticales. Sin embargo, conseguir esa capacidad exige incorporar sistemas adicionales que aumentan peso, complejidad y consumo de energía.

Para grandes cazas cargados de combustible y armamento, utilizar una catapulta continúa siendo una solución extremadamente eficiente. El portaaviones proporciona la aceleración inicial mientras el avión conserva combustible y capacidad para cumplir una misión mucho más extensa. La decisión impulsada por Trump abre así una discusión que va mucho más allá de elegir entre electricidad y vapor.

Estados Unidos deberá determinar si prefiere continuar perfeccionando una tecnología electromagnética concebida para las próximas décadas o recuperar un sistema antiguo cuya confiabilidad fue demostrada durante generaciones de operaciones navales. La respuesta dependerá de costos, mantenimiento, capacidad de combate y de cómo evolucionen los aviones y drones del futuro. En una guerra, la tecnología más avanzada puede ofrecer enormes ventajas, pero solamente mientras sea suficientemente resistente, reparable y confiable para continuar funcionando cuando realmente sea necesaria.

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