
En el actual reordenamiento político de América Latina, China ya no observa una región que se le abre de manera natural, sino un escenario cada vez más fragmentado y, en varios casos, menos favorable a sus intereses estratégicos. Los cambios de gobierno registrados en los últimos años marcan un giro claro hacia posiciones más pragmáticas o abiertamente alineadas con Estados Unidos, reduciendo el margen de influencia que Pekín había logrado construir durante la última década. La región, que durante años fue vista como un espacio clave para la expansión china, hoy muestra señales de repliegue y reequilibrio.
El caso de Bolivia es ilustrativo. El reciente cambio de un gobierno de izquierda hacia una administración más inclinada a la derecha, con una clara búsqueda de acercamiento a Washington, representa un golpe directo a la estrategia china en el país andino. A esto se suma Argentina, donde el giro político ha sido aún más explícito, con un discurso crítico hacia China y una apuesta por recomponer vínculos prioritarios con Estados Unidos y organismos financieros occidentales.
Paraguay, históricamente alineado con Washington y Taiwán, refuerza esta tendencia, mientras que Chile, pese a matices internos, ha mostrado una mayor cautela en su relación con Pekín. En este nuevo mapa, solo Brasil y Venezuela permanecen como bastiones claros de afinidad política con China, aunque incluso allí los vínculos están más condicionados por intereses económicos que por afinidad ideológica.
Desde la óptica china, este escenario supone un desafío mayor. Su estrategia tradicional, basada en inversiones, créditos e infraestructura sin condicionamientos políticos explícitos, funciona mejor en contextos de estabilidad y continuidad. Los cambios de signo ideológico, especialmente hacia gobiernos que priorizan la relación con Estados Unidos, reducen la capacidad de Pekín para consolidar proyectos de largo plazo y aumentan la incertidumbre sobre acuerdos ya firmados. En este contexto, China parece optar por una postura más defensiva y selectiva, concentrando esfuerzos en países donde aún conserva influencia, mientras observa con cautela el avance de Washington en espacios que antes consideraba ganados.
La conclusión es incómoda pero clara: América Latina está entrando en una etapa de recentralización geopolítica, donde Estados Unidos recupera terreno y China enfrenta límites más evidentes a su expansión regional. El desafío para los países latinoamericanos no será elegir entre una potencia u otra, sino evitar que estos vaivenes ideológicos los conviertan nuevamente en piezas de un tablero ajeno. La región tiene ante sí la oportunidad —y la responsabilidad— de construir una política exterior más coherente y autónoma, capaz de negociar con todos, pero subordinada a sus propios intereses y no a los ciclos políticos del momento.
Autor:
Williams Valverde



