
Durante décadas se habló del “nuevo orden mundial” como si se tratara de un sistema ya diseñado, con reglas claras y actores conscientes de su papel. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren algo distinto: el mundo no está entrando en un nuevo orden, sino atravesando un profundo desorden, y las grandes potencias reaccionan intentando imponer límites allí donde aún pueden hacerlo. Estados Unidos parece haber asumido que la etapa de contención diplomática terminó. El mensaje ya no es sutil ni multilateral: el desorden global debe ser gestionado, y ese proceso de “ordenamiento” comienza en los escenarios donde el costo político y militar es menor, pero la señal estratégica es clara.
Venezuela, en este sentido, no es el objetivo final, sino el mensaje inicial. No se trata solo de América Latina, sino de demostrar que existen zonas donde la voluntad de imponer límites sigue intacta. La reacción de China y Rusia fue reveladora: declaraciones moderadas, tonos diplomáticos elevados por momentos, pero ninguna acción concreta. El silencio operativo también comunica. Nadie estaba dispuesto a arriesgar un conflicto mayor por Caracas. Este episodio deja una conclusión incómoda: el mundo multipolar existe en el discurso, pero no siempre en los hechos. En determinados escenarios, la jerarquía de poder sigue siendo clara.
No se inaugura un nuevo orden; se recuerda uno antiguo. El contraste con Ucrania refuerza esta idea. A pesar de la ayuda económica, militar y logística, Ucrania combate sola en el terreno. No hay tropas estadounidenses ni bases permanentes. Rusia lo sabe y actúa en consecuencia, intentando consolidar avances territoriales antes de que el tablero cambie. La verdadera línea roja no es el envío de armas, sino algo mucho más concreto: una presencia militar directa de Estados Unidos. El día que Washington establezca una base en Ucrania, el conflicto dejará de ser regional.
Rusia ya no enfrentaría a Kiev, sino a Estados Unidos, y ahí se mediría su poder real. En este contexto, el papel de la Unión Europea resulta cada vez más marginal. Europa es una potencia económica, pero no un actor geopolítico decisivo. Carece de una política exterior unificada, de un ejército propio y de voluntad para asumir costos estratégicos. Su dependencia de Estados Unidos para la seguridad la convierte en acompañante, no en líder. La Unión Europea tiene, en la práctica, un solo padrino: Alemania. Pero Alemania es un padrino económico, no militar. Y esa es la raíz del problema. Berlín sostiene el sistema, pero no lo dirige en términos de poder duro. Este límite no es casual.
Alemania arrastra un trauma histórico profundo tras su derrota en el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial. La campaña en territorio soviético, librada sin preparación climática ni comprensión del terreno, marcó a generaciones enteras. El invierno, el barro y las distancias infinitas no fueron solo obstáculos: fueron el castigo a una soberbia estratégica. Alemania se lanzó a esa guerra convencida de que la voluntad, la velocidad y la ideología bastarían. Creyó que los gritos, las consignas y la fe en el líder podían reemplazar el estudio del terreno y la logística.
La realidad del campo de batalla demostró lo contrario. Con consignas no se ganan guerras. El campo de batalla no escucha discursos. No se impresiona con símbolos ni obedece ideologías. El frío congela igual, el barro detiene igual y el hambre mata igual. Alemania aprendió esa lección de la forma más dura posible, y la convirtió en dogma político: nunca más usar la fuerza como herramienta central. Ese dogma, válido para evitar errores del pasado, hoy limita la capacidad europea de actuar en un mundo desordenado. Mientras otras potencias aceptan el uso del poder como instrumento, Europa duda, negocia y reacciona tarde.
La historia enseña que las guerras no se ganan con fe ciega ni con relatos grandilocuentes. Se ganan —o se pierden— con preparación, realismo y adaptación al entorno. Confundir ideología con realidad es una receta conocida para la derrota. Quizá esa sea la lección más vigente hoy. En un mundo donde abundan discursos de fuerza, desfiles militares y promesas de grandeza, la realidad del terreno sigue siendo la última juez. Y ella, como siempre, no cree en consignas.
Por:
Williams Valverde



