
Después de más de tres meses caminando a través de nueve estados de Estados Unidos, un grupo de monjes budistas completó su “Marcha por la Paz”, una travesía espiritual que comenzó en Texas y culminó en la región de Washington y Annapolis, Maryland. El objetivo declarado fue simple pero profundo: despertar conciencia sobre la paz, la compasión y la unidad en un país marcado por tensiones políticas y sociales.
Desde el inicio del recorrido, los monjes enfrentaron bajas temperaturas, tormentas invernales y largas jornadas a pie por carreteras y caminos rurales. A pesar de las dificultades físicas, mantuvieron un mensaje constante de no confrontación y reflexión interior. “No marchamos para protestar, sino para despertar la paz que ya vive en cada uno de nosotros”, expresó uno de los líderes espirituales del grupo. El momento más difícil ocurrió en Texas, cuando un accidente involucró a un vehículo de apoyo que escoltaba a los caminantes. Varios monjes resultaron heridos, algunos de gravedad.
Uno de ellos tuvo que someterse posteriormente a la amputación de una pierna debido a la severidad de las lesiones. El episodio pudo haber puesto fin a la marcha. Sin embargo, el grupo decidió continuar. La decisión no fue presentada como un acto de desafío, sino como una reafirmación de su compromiso con el mensaje que llevaban. Para ellos, la compasión y la perseverancia debían ser coherentes con la práctica espiritual que predicaban. A lo largo del trayecto, comunidades locales ofrecieron agua, alimentos y palabras de aliento.
En varias ciudades, pequeños grupos se unieron simbólicamente a la caminata durante algunos tramos, transformando la marcha en un movimiento más amplio de reflexión colectiva. En la capital estadounidense, los monjes fueron recibidos por ciudadanos que vieron en la iniciativa un gesto esperanzador en tiempos de polarización. Algunos asistentes describieron la marcha como un recordatorio de que el diálogo y la empatía siguen siendo posibles.
En Annapolis, el recorrido concluyó con un acto simbólico en el que autoridades locales reconocieron el esfuerzo del grupo y su mensaje de paz. Más allá de ceremonias formales, la llegada representó el cierre de una experiencia marcada por sacrificio, fe y determinación. La marcha no pretendía ofrecer soluciones políticas ni intervenir en debates partidistas.
Su mensaje fue más simple y, al mismo tiempo, más desafiante: cultivar la paz desde el interior. En un momento de divisiones visibles, el recorrido dejó una pregunta abierta sobre el poder de la compasión como fuerza transformadora en la sociedad.



