
Mikaela Shiffrin evita promesas que la encadenen al calendario. Cuando le preguntan por su horizonte olímpico, admite que no le gusta “ponerle números” a las decisiones grandes. Sobre Milán–Cortina 2026 no lo define; sobre 2030, tampoco.
“Para ser honesta, no lo sé. Podríamos decir 50:50”, reconoció en una conversación con medios durante una actividad de marca. La estadounidense traza, eso sí, un límite emocional: no se ve compitiendo hasta los 40. Aun así, dice inspirarse en quienes han sabido dar un paso al costado y regresar con fuerza. “Me impresiona y demuestra que hay muchas maneras de vivir el deporte.
Es una parte hermosa de la vida, y hay que estar agradecidos por poder hacerlo”, explicó. En lo inmediato, la prioridad es la Copa del Mundo. Shiffrin entra a su temporada número 16 con confianza en el trabajo de pretemporada. “Estoy muy contenta con el progreso que logramos como equipo. Aún no estoy al cien, pero estoy emocionada, y esa es una gran posición de partida”, resumió. El plan deportivo suena simple y efectivo: competir, evaluar, ajustar.
En su entorno repiten una idea: menos obsesión con récords y más foco en salud, consistencia y ejecución. La gestión de cargas, la elección de calendarios y el diálogo permanente con técnicos y servicio de esquís serán claves para sostener el nivel a lo largo del invierno.
Shiffrin sabe que cada salida del portillón viene con expectativas ajenas. Ella prefiere administrar las propias: tocar la nieve correcta, esquiar limpia y construir velocidad desde los primeros parciales. Si 2026 será la despedida o un capítulo más en el camino hacia 2030, lo decidirán el cuerpo, la cabeza y el disfrute. Hoy, el mensaje es otro: carrera a carrera.